Descartes
para la filosofía occidental sirve como un parteaguas, separando la filosofía
antigua de la modernidad (filosófica), pues a diferencia de todos los demás utiliza
la duda como herramienta para recorrer el largo camino que le llevará hasta el
final de su reflexión.
Usar
la duda como método era algo novedoso en su época, sobre todo para demostrar la
existencia de Dios, pues nunca se había racionalizado su existencia,
simplemente se afirmaba como algo factico. Tal vez se habían racionalizado los
caminos a seguir para alcanzar la plenitud espiritual, para llegar a Dios, pero
este jamás se había puesto en duda. En ese sentido Descartes sirve como una
especie de trampolín filosófico para una sociedad europea donde la religiosidad
estaba perdiendo cada vez más fuerza y validez, los mitos religiosos dejan de
ser creídos (algo parecido a lo que sucede con la muerte de los grandes relatos
en el posmodernismo).
El
texto, según se dice en las primeras líneas de la primera meditación, es una
búsqueda por enmendar el camino, pues el autor afirma que los pensamientos que
antes había concebido como “verdaderos”, no eran sino simples engaño o
espejismos, alejando y distrayendo su atención:
«Hace ya algún tiempo que advertí cómo desde mis
primeros años había recibido por verdaderas una cantidad de falsas opiniones, y
que aquello que después he fundamentado sobre principios tan mal asegurados no
podía ser sino muy dudoso e incierto; de manera que me hacía falta intentar
seriamente una vez en mi vida deshacerme de todas las opiniones a las que hasta
entonces había dado crédito, y comenzar todo de nuevo desde sus fundamentos, si
quería establecer algo firme y constante en las ciencias.»
Lo
primero que pone en duda para poder realizar esa tarea es la percepción
sensorial que le ha servido para fundamentar las bases de su pensamiento,
posición bastante sensata para cualquiera, pues todos recurrimos a los sentidos
para poder captar la realidad que nos rodea. Pero, ¿cómo confiar plenamente en
los sentidos, si estos nos engañan? Si nos engañan al ver el color negro, el
color blanco, donde no hay más que ausencia o presencia de otros colores.
Para
superar este engaño de los sentidos se plantea enfrentarlo, pues se tiene
certeza en la creencia de Dios, y se sabe que su bondad eterna e infinita no
permitiría que yo me equivocase. Es acá donde se plantea la famosa hipótesis de
un genio maligno intentando engañarme, yendo contra los designios de Dios y
guiándome siempre por los caminos equivocados.
Pero,
de algo hay que estar seguro si se quiere continuar, pues no se puede estar
poniendo constantemente en duda todo, pues si pongo en duda mi propia duda, se
enlazaran eslabones infinitos sin respuesta. Pues, entonces, dice Descartes,
hay que estar seguros de que se duda, y también de quien duda. Es por eso que se plantea el famoso cogito ergo sum cartesiano. Pues, de lo
único que puedo estar seguro es que: «Yo
soy, yo existo».
Llegando
a la tercera reflexión, si ya en el título del libro y las primeras reflexiones
se nota evidentemente el sesgo de cristiandad que posee el método cartesiano,
en este punto se vuelve mucho más evidente. Sin embargo, me parece una especie
de chantaje que, en los momentos donde más se le es exigido dudar, se entrega
ciegamente a los mitos religiosos. En efecto, en esta meditación al reflexionar
sobre la finitud se plantea que yo soy
finito, y que las cosas que son derivadas de otras deben por fuerza poseer
sus mismas características elementales, entonces, pues, no es posible que Dios
me haya generado, pues algo infinito no
podría generar algo finito. Entonces (y esta es probablemente la parte que
más cuestiono en todo el texto) dice que por fuerza alguien “introdujo” (sí, como por arte de magia)
la idea de un Dios bueno y bondadoso. En esta parte Descartes probablemente
tenga razón, sin duda algo o alguien colocó esa concepción en su cabeza, sin
embargo, no supo nombrarla o no supo adentrarse tan profundamente como era
requerido para superar esta complicación. Aunque, cabe destacar también la
temporalidad histórica del texto, pues entonces no se concebía ninguna otra
concepción espiritual más que la cristiandad.
En
general creo que el método de la duda en Descartes es de mucho valor para las
filosofías posteriores y contemporáneas a nosotros, pero jamás le perdonaré
valerse de argumentos tan escuetos para resolver un dilema real, que en
definitiva no merece ser resuelto por arte de magia.
(1994). René Descartes. Madrid: Gredos.
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