domingo, 30 de abril de 2017

Metafísica de Aristóteles, parte final (Capítulos VII en adelante): El inicio de la jornada

Hemos estudiado cómo el Ser puede decirse de varias maneras, pues este depende tanto de su esencia como de los accidentes que lo condicionan. Sin embargo, los accidentes al no ser siempre inherentes al Ser no pueden ayudarnos a comprender su verdadera naturaleza. Es la sustancia en todo caso la que identifica al Ser, pues esta es la que lo define sin ninguna concepción previa, es por decirlo de algún modo, la última división del Ser, por lo cual esta debe ser atómica. Entonces quiere decir que la pregunta por el Ser se pregunta también por cuál es su sustancia. Sin embargo, esta equivalencia no nos ayuda a superar las contradicciones y ambigüedades que aquel implica.

Aristóteles distingue cuatro sentidos de esta sustancia: la Esencia, lo Universal, el Género y el Sujeto. Se deduce que la sustancia no puede no ser atributo de ningún sujeto con lo cual se concluye que esta está directamente ligada a la unión de la forma y la materia. A esta fusión se la llama Hilemorfismo

Lo universal no constituye solamente a un ente, sino que incluye a todos los entes que compartan características semejantes o iguales, por lo tanto, la sustancia no puede ser universal, como lo afirma Platón. En definitiva, creo que ambos utilizan los mismos materiales (sustancia y ente) sin embargo Aristóteles comprende que la sustancia no puede escapar de la entidad, ya que está condicionada por la forma y la materia del objeto de estudio. Por lo tanto, la teoría platónica del Eidos le parece algo innecesario, puesto que no hace falta un lugar supraterrenal. La sustancia y la idea, si es que la hay, se deben encontrar directamente en la experiencia de observar el objeto y apreciarlo, en lo que el objeto es por sí mismo.

Continuando la lectura se analiza la sustancia y se encuentra que esta puede existir de dos maneras: en potencia y en acto. Esto se puede explicar fácilmente si jugamos un poco con las conjugaciones verbales; la sustancia en acto se refiere al estado actual y presente de las cosas, mientras que la sustancia en potencia es aquella que se encuentra dentro de la entidad, pero que aún no es, sin embargo, es posible que pueda llegar a serlo en el futuro. Por ejemplo, según Heidegger se podría decir que en acto somos Ser pero en potencia todos terminaremos siendo No-ser, pues todo perece y todo es precario.

Dado a que la materia y la forma se unen para formar la sustancia, y puesto que la sustancia no puede ser divisible ya que es la parte más esencial del Ser, estas dos tampoco pueden variar. Entonces se afirma que a pesar de poder sufrir transformaciones, tanto la materia como la forma son insustituibles para que la sustancia se mantenga. 

Pero, pese a todo lo considerado anteriormente, ¿quién une a la materia con su forma? ¿Quién o qué ordena la realidad para que tenga cierta coherencia? Para Aristóteles es evidente que se necesita un “ente infinito” generador del movimiento y de la creación de la sustancia (forma-materia), pero no de la forma en que lo plantea su maestro, pues, como se ha dicho antes, la separación de la forma y la materia no puede suceder, además esa chispa generadora no puede venir salvo de esta realidad en la que se encuentra inmersa la entidad. Vemos pues que a pesar de que se cambia el enfoque, la idea de un ente generador o impulsor de movimiento está presente en ambas posturas, llámese causa eficiente o demiurgo. Es esta la eterna batalla entre las ciencias y las creencias espirituales y religiosas, pues ambas afirman la existencia de una “primer chispazo” ya sea el big-bang o creación de algún dios.  



Aristóteles. (2002). Metafísica . España: Gredos. 



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