Una
vez separados el imperio divido de la existencia certera de Dios y del imperio
utilitario que el cuerpo envuelva de las ideas por medio de las afecciones, en
esta parte, lo dice el mismo Espinoza, se trata de dar noticia de la “fuerza, y
del poder del alma sobre las mismas [afecciones].” El imperio de las ideas
claras y distintas (reino de Dios), a contra pelo del imperio de las ideas
humanas (confusas e incompletas), crear cimientos fundamentales para la ley
espinoziana de mayor importancia en la Ética…: “Proposición VI [3ª parte]: Cada
cosa, en tanto que es en sí, se
esfuerza en perseverar en su ser”. Es con esto con lo cual se dice de la
esencia del hombre como el deseo, siendo este el apetito con consciencia de sí
mismo (escolio de la proposición 9 de la 3ª parte), y este origen de las
afecciones en la naturaleza del hombre hacía para sí (singularmente) una idea
en el alma del gozo y de la tristeza. Esta intuición sobre una posible política
de la pasiones fue velada en la propia ética nicomaquea de Aristóteles, no
obstante, Espinoza deja claro que, en tanto una parte del cuerpo es afectada
por dichas pasiones, es la idea que se forma de la alegría y la melancolía lo
que corresponde a la totalidad del cuerpo. Estas pasiones son capaces de
envolver la existencia actual, no solo la del cuerpo mismo, sino de la de los
cuerpos exteriores (según el uso correspondiente a su naturaleza singular). Lo
cual lleva al alma del hombre a imaginar tal cosa como presente, o sea, la duplicación
generalizada de su propio ser, en tanto que puede y se esfuerza en concebirlo
así. Esto lleva a que el padecimiento u afección dual y simultaneo en el cuerpo
sobre una sola cosa singular exterior existente en acto, pueda duplicarse
mediante la imaginación la presencia de una idea confusa o inadecuada que se
genera e nuestro cuerpo, más bien que la naturaleza de los cuerpos exteriores. La
discrepancia (simpatía o antipatía) sobre dos cuerpos diferentes, que ejercen
en uno afecciones similares o encadenadas, hace que una cosa cualquiera pueda
ser por accidente causa de gozo, tristeza o deseo en relación a la utilidad de
la naturaleza propia y correspondiente al uno sobre las cosas exteriores. Los rasgos
aparentes y que posibilitan una idea sobre la afección, cualitativa en relación
a nuestro cuerpo, no da conocimiento claro y distinto sobre la causa eficiente
de aquella afección que se ama u odia: a esto le llama Espinoza fluctuación del alma, en cuanto que “podemos
fácilmente concebir que un solo objeto puede ser causa de afecciones contrarias
y múltiples” (escolio de la proposición 17). En este punto la utilidad o fuerza
que Espinoza anticipa en el manejo generalizado de las afecciones, le hace
reconocer que es la imaginación de que alguno afecta a la cosa (u otro hombre)
del amor o el odio que produce en sí mismo, para así duplicar dicha concepción
en el otro e introyectar en él dicho prejuicio sobre lo bueno y lo malo, de la afirmación
y de la negación, de lo que es justo y lo que no. Con la siguiente cita
Espinoza deja más que claro y distinto lo anterior: “el hombre sueña con los
ojos abiertos que puede todo lo que abarca con su imaginación, y considera real
esta creencia [la razón y la fe] y se mantiene en ella [esfuerza la conservación
de su ser] en ella hasta que imagina algo que limite su propia potencia de
obrar.” El concepto de la “imagen” es lo que rigen el imperio de las ideas
humanas, y conserva al hombre en su ser dependiendo de su naturaleza
respectiva, que lega dicha imagen a las cosas exteriores a las cual envuelve, y
que afecta a los cuerpos de los demás para la consecución de dicha concepción a
medida de perpetuarla en él al hacerla presente (imaginar una cosa semejante a
nosotros). Son los hombres, lo aclara en una cita Espinoza, con respecto a los
cuales experimentamos alguna especie
de afección; llevándonos a determinar nuestro cuerpo a obrar según estas
afecciones que imaginamos en los demás, de manera generalizada bajo el uso de
la razón, en la medida en que se reconoce lo inadecuado de la opinión. El momento
en el que la fluctuación del alma se hace presente es en la pasión u afección
del amor en el hombre, en cuanto correlativamente se debe experimentar la afección
de la aversión (el ejemplo de Pedro y Pablo resulta ilustrativo en este
sentido). Lo cual resulta explicado con gran capacidad intuitiva en el escolio
de la proposición 31 de la 3ª parte, bajo la idea de la afección que la razón
se forma de la ambición, siendo este “el
apetito de ver vivir a los demás según la propia complexión, y como todos tiene
este apetito igual, se estorban los unos a los otros, y queriendo todos ser
alabados o amados por todos, llegan a un odio mutuo.” Los hombre pueden, y
deben por naturaleza, entonces, diferir tanto por el juicio como por la afección,
aunque el alma humana sea “parte del entendimiento divino”, en tanto se
reconoce la contraposición general de la afecciones (apéndice de la 3ª parte)
que son siempre correlativas. La metáfora de las olas del mar es, en este
sentido, idóneo ante la ejemplificación demostrativa de dicha situación (el
deseo es la naturaleza misma o esencia de cada uno, nos dice Espinoza): “nos balanceamos,
ignorando lo que sobrevendrá y cual será nuestro destino.” Esto se debe a que
la justificación general de lo bueno y lo malo se efectúa, a nivel social y la
sociedad relacional, mediante ideas y normas que no son más que la concreción exteriorizada
de lo interno. Que los conceptos debían necesariamente asumir, dondequiera que
la lengua unía la comunidad de los conciudadanos en ejercicio del mando: esto
es, la dificultad de la política de las pasiones, y casi la articulación de su
imposibilidad activa o pasiva. El sentido de propiedad que el amor envuelve en
la idea de su afección en uno, lleva a la imagen de una cosa pasada o futura a
pasar a ser presente, y, en ello, la sentencia que Espinoza realiza sobre el
concepto de esperanza, el temor, la expansion de animos, la opresión
de conciencia, la emulación
(productor de la repetición), o el de la humanidad.
Esta última afección (no. 26 de la sección de definición de las afecciones)
resulta la que mayor importancia, y la cual considero a resaltar o citar en
este caso: “una tristeza nacida de que el hombre considera su impotencia o su
debilidad.” En la medida que a las afecciones y sus combinaciones se les da un
uso en la vida, basta ello para conocerlas en general, incluso si algunas de
ellas carezcan de nombre o no sean consideraras como afecciones auténticas del
deseo (es decir, la esencia del hombre). Para cerrar con todo lo anterior, Espinoza
vuelve a dejar claro que “todas las ideas de cuerpo que tenemos, indican más
bien el estado actual de nuestro cuerpo que la naturaleza del cuerpo exterior,
y lo que constituye la forma de su afección debe indicar o expresar el estado
que tiene el cuerpo, o una de sus partes, a consecuencia de lo cual su potencia
de obrar o su fuerza de existir es acrecentada o disminuida, reducida o
secundada.”