lunes, 8 de mayo de 2017

Comentario 4 Baruch Espinoza – Ética según el orden geométrico (3ª parte: Del origen de la naturaleza de las afecciones)



Una vez separados el imperio divido de la existencia certera de Dios y del imperio utilitario que el cuerpo envuelva de las ideas por medio de las afecciones, en esta parte, lo dice el mismo Espinoza, se trata de dar noticia de la “fuerza, y del poder del alma sobre las mismas [afecciones].” El imperio de las ideas claras y distintas (reino de Dios), a contra pelo del imperio de las ideas humanas (confusas e incompletas), crear cimientos fundamentales para la ley espinoziana de mayor importancia en la Ética…: “Proposición VI [3ª parte]: Cada cosa, en tanto que es en sí, se esfuerza en perseverar en su ser”. Es con esto con lo cual se dice de la esencia del hombre como el deseo, siendo este el apetito con consciencia de sí mismo (escolio de la proposición 9 de la 3ª parte), y este origen de las afecciones en la naturaleza del hombre hacía para sí (singularmente) una idea en el alma del gozo y de la tristeza. Esta intuición sobre una posible política de la pasiones fue velada en la propia ética nicomaquea de Aristóteles, no obstante, Espinoza deja claro que, en tanto una parte del cuerpo es afectada por dichas pasiones, es la idea que se forma de la alegría y la melancolía lo que corresponde a la totalidad del cuerpo. Estas pasiones son capaces de envolver la existencia actual, no solo la del cuerpo mismo, sino de la de los cuerpos exteriores (según el uso correspondiente a su naturaleza singular). Lo cual lleva al alma del hombre a imaginar tal cosa como presente, o sea, la duplicación generalizada de su propio ser, en tanto que puede y se esfuerza en concebirlo así. Esto lleva a que el padecimiento u afección dual y simultaneo en el cuerpo sobre una sola cosa singular exterior existente en acto, pueda duplicarse mediante la imaginación la presencia de una idea confusa o inadecuada que se genera e nuestro cuerpo, más bien que la naturaleza de los cuerpos exteriores. La discrepancia (simpatía o antipatía) sobre dos cuerpos diferentes, que ejercen en uno afecciones similares o encadenadas, hace que una cosa cualquiera pueda ser por accidente causa de gozo, tristeza o deseo en relación a la utilidad de la naturaleza propia y correspondiente al uno sobre las cosas exteriores. Los rasgos aparentes y que posibilitan una idea sobre la afección, cualitativa en relación a nuestro cuerpo, no da conocimiento claro y distinto sobre la causa eficiente de aquella afección que se ama u odia: a esto le llama Espinoza fluctuación del alma, en cuanto que “podemos fácilmente concebir que un solo objeto puede ser causa de afecciones contrarias y múltiples” (escolio de la proposición 17). En este punto la utilidad o fuerza que Espinoza anticipa en el manejo generalizado de las afecciones, le hace reconocer que es la imaginación de que alguno afecta a la cosa (u otro hombre) del amor o el odio que produce en sí mismo, para así duplicar dicha concepción en el otro e introyectar en él dicho prejuicio sobre lo bueno y lo malo, de la afirmación y de la negación, de lo que es justo y lo que no. Con la siguiente cita Espinoza deja más que claro y distinto lo anterior: “el hombre sueña con los ojos abiertos que puede todo lo que abarca con su imaginación, y considera real esta creencia [la razón y la fe] y se mantiene en ella [esfuerza la conservación de su ser] en ella hasta que imagina algo que limite su propia potencia de obrar.” El concepto de la “imagen” es lo que rigen el imperio de las ideas humanas, y conserva al hombre en su ser dependiendo de su naturaleza respectiva, que lega dicha imagen a las cosas exteriores a las cual envuelve, y que afecta a los cuerpos de los demás para la consecución de dicha concepción a medida de perpetuarla en él al hacerla presente (imaginar una cosa semejante a nosotros). Son los hombres, lo aclara en una cita Espinoza, con respecto a los cuales experimentamos alguna especie de afección; llevándonos a determinar nuestro cuerpo a obrar según estas afecciones que imaginamos en los demás, de manera generalizada bajo el uso de la razón, en la medida en que se reconoce lo inadecuado de la opinión. El momento en el que la fluctuación del alma se hace presente es en la pasión u afección del amor en el hombre, en cuanto correlativamente se debe experimentar la afección de la aversión (el ejemplo de Pedro y Pablo resulta ilustrativo en este sentido). Lo cual resulta explicado con gran capacidad intuitiva en el escolio de la proposición 31 de la 3ª parte, bajo la idea de la afección que la razón se forma de la ambición, siendo este “el apetito de ver vivir a los demás según la propia complexión, y como todos tiene este apetito igual, se estorban los unos a los otros, y queriendo todos ser alabados o amados por todos, llegan a un odio mutuo.” Los hombre pueden, y deben por naturaleza, entonces, diferir tanto por el juicio como por la afección, aunque el alma humana sea “parte del entendimiento divino”, en tanto se reconoce la contraposición general de la afecciones (apéndice de la 3ª parte) que son siempre correlativas. La metáfora de las olas del mar es, en este sentido, idóneo ante la ejemplificación demostrativa de dicha situación (el deseo es la naturaleza misma o esencia de cada uno, nos dice Espinoza): “nos balanceamos, ignorando lo que sobrevendrá y cual será nuestro destino.” Esto se debe a que la justificación general de lo bueno y lo malo se efectúa, a nivel social y la sociedad relacional, mediante ideas y normas que no son más que la concreción exteriorizada de lo interno. Que los conceptos debían necesariamente asumir, dondequiera que la lengua unía la comunidad de los conciudadanos en ejercicio del mando: esto es, la dificultad de la política de las pasiones, y casi la articulación de su imposibilidad activa o pasiva. El sentido de propiedad que el amor envuelve en la idea de su afección en uno, lleva a la imagen de una cosa pasada o futura a pasar a ser presente, y, en ello, la sentencia que Espinoza realiza sobre el concepto de esperanza, el temor, la expansion de animos, la opresión de conciencia, la emulación (productor de la repetición), o el de la humanidad. Esta última afección (no. 26 de la sección de definición de las afecciones) resulta la que mayor importancia, y la cual considero a resaltar o citar en este caso: “una tristeza nacida de que el hombre considera su impotencia o su debilidad.” En la medida que a las afecciones y sus combinaciones se les da un uso en la vida, basta ello para conocerlas en general, incluso si algunas de ellas carezcan de nombre o no sean consideraras como afecciones auténticas del deseo (es decir, la esencia del hombre).  Para cerrar con todo lo anterior, Espinoza vuelve a dejar claro que “todas las ideas de cuerpo que tenemos, indican más bien el estado actual de nuestro cuerpo que la naturaleza del cuerpo exterior, y lo que constituye la forma de su afección debe indicar o expresar el estado que tiene el cuerpo, o una de sus partes, a consecuencia de lo cual su potencia de obrar o su fuerza de existir es acrecentada o disminuida, reducida o secundada.”

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