lunes, 8 de mayo de 2017

Comentario 2 René Descartes – Meditaciones metafísicas (IV-VI)


Llevando al estado de error necesario al humano, Descartes se introduce al discurso del vulgo para hacer evidentes sus proposiciones o conjeturas. En realidad la realización de los postulados lleva a la operación funcional de fórmulas, que brindan la certeza de manera inmediata y breve (como el mismo texto). A esto se debe la profusa red de comentarios e “dudas”, dígase de paso, por parte de los lectores “serios” que encontrasen el sentido superficial desde la primera instancia. Para la cuarta meditación se inicia haciendo la pregunta lingüística del uso de la palabra “error”, se plantea la continuación neoplatónica o patrística del Eidos y los no-seres relativos. No obstante esta certeza de la duda se plantea como el error necesario del entendimiento, puesto que de ello nace la capacitación epistémica del ser humano. Ya resuena, de igual manera, el principio de no-contradicción. En esto se expresa que la Idea de Dios concentra en su incompatibilidad de dualidad, tanto el error como la certeza humana (de lo verdadero y de lo falso). El cuerpo y alma humana se convierten en la res extensa y res cogitans (y su existencia independiente de la otra ya torna la cuestión en una aporía), que cimenta la onto-teología cartesiana a base de una certeza de debilidad en la voluntad que es respalda por aquella estabilidad “actual y formal” trascendental de Dios. A ellos se debe lo inexcusable de orientar el conocimiento hacia la facultad de la que Él dota al humano. Esta pretensión investigativa, de igual manera, funda o germina el primer positivismo lógico: “[O]bservo […] cierta idea negativa de la nada, es decir, de lo infinitamente alejado de toda clase de perfección.” Básicamente, andamos jugando al zopilote entre Dios y la nada: el centrismo del pensamiento ego-racional. Somos participes de en alguna manera de la nada o no-ser. Esta experiencia positiva del equivoco también encierra una posesión o capacitación epistémica intrínseca al humano que ejerce la fuerza y sostenibilidad de la Idea de Dios. Se convierte en natural la capacidad para distinguir y reconocer la existencia de Dios, expresada en mi cuerpo y las cosas del mundo. A contrapelo de mi extremo débil y limitado, el asir imposible de la muerte refleja la nada, frente a la completitud de Dios. En tono protoheideggeriano dice: “De modo que existo y estoy colocado en el mundo formado parte de la universalidad en todos los seres.” En el error como deficiencia del ser resuena también el agustinismo. La búsqueda idónea por la utilidad del entendimiento demuestra el andamiaje de los dejos escolásticos en la facultada de elegir o “libre arbitrio”: la voluntad es natural y en el conocimiento existe el defecto, y es de ello de lo que se excusa la doctrina cartesiana. Y del aristotelismo encontramos el momento de la deliberación de la voluntad que envuelve la luz natural de la percepción y la mente (alma), esto es, la tarea que representa la meditación metafísica. Debido a la fluctuación de la imaginación, el alma no adquiere la absoluta adquisición de su error, a menos que la debilidad del espíritu se da en la presencia que ejerce en todo momento. Las ideas humanas, a diferencia de la de Dios, las produce o concibe únicamente como confusas y obscuras, y en esta recepción epistemológica que encierra la meditación metafísica es igualmente el principio de no-contradicción. Con esto cito la proposición que realiza en la quinta meditación: “[C]oncebir  un Dios […] sin existencia, con falta de alguna perfección, es lo mismo que concebir una montaña sin valle. Pero, aunque no pueda concebir un Dios sin existencia; mi pensamiento no impone ninguna necesidad a las cosas.” Ambas ideas son inseparables, Dios y existencia,  y de esto se sostiene el formulismo ontológico cartesiano: es en esto donde mi libertad es negada, y se determina el pensamiento en Dios. La esencia de las cosas materiales y, otra vez, de la existencia de Dios se titula dicha meditación. A lo que despierta una pregunta, ¿somos capaces de concebir la existencia certera del mundo material? Las impresiones de las imágenes en mi espíritu, la debilidad humana se da en que “la Naturaleza me ha hecho de tal manera que me equivoque hasta en las cosas que creo comprendes con más evidencia y certeza”, y, sin embargo, es de esta duda precisamente de la que no puede engañarse el humano. El tono lapidario del yo cartesiano se hace presente en el discurso metódico del voluntarismo del erro, y cuando él mismo se pregunta-contesta paradójicamente: “¿Que mi naturaleza está sujeta al error? A eso contesto que no me equivoco en los juicios cuyas razones conozco claramente.” Son los sentidos y la transmisión afectiva de las sensaciones corporales, recibidas por la flotante glándula pineal en el andamiaje de nuestra alma y pensamientos hacia el centro que Dios representa para la existencia. La estabilidad y certeza del alma/espíritu es únicamente la duplicación de la idea de Dios en lo que pre-asume la razón de sí misma. Diada tauto/teleológica de la fuerza metafísica cartesiana, la existencia corporal del ‘yo’; mimetismo endógeno del lenguaje (la idealidad de pensar del ‘yo’), a manera de conjetura incuestionable del ego. La trascendencia o ascensión de la razón, gracias infinitas, a través de la fe. Esta es la base y fundamento de la onto-teología cartesiana.

1 comentario:

  1. Interesantes reflexiones, aunque la idea era comentar los textos de tus compañeros...

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