Registro de reflexiones para el curso de la Licenciatura en Letras y Filosofía, Facultad de humanidades, Universidad Rafael Landívar
lunes, 8 de mayo de 2017
Comentario 3 Baruch Espinoza – Ética demostrada según el orden geométrico (2ª parte: De la naturaleza y el origen del alma)
Dios es la perfección: la Idea de Dios es la sustancia formal de la naturaleza. En este sentido, también cartesiano, la idea de la idea de Dios (esa duplicación o repetición) que acaece en el humano, constituye el origen del alma. Si Dios es la realidad, el alma debiese ser medio para la adquisición de la realidad. Espinoza aclara lo anterior diciendo que “nada puede ser ni ser concebido sin Dios”. El conocimiento, es decir, el eje objetivo de la razón se da en la esencia del hombre, que es el alma humana. Cuando también se reconoce a Dios causa de las cosas exteriores como de la corporeidad del humano, se da razón natural a la existencia de las relaciones entre los cuerpos naturales. Esta es la ley de “inercia”, o de los cuerpos que se mueven o permanece en reposo (axiomas seguidos de la proposición 13 de la 2ª parte). No obstante, existe una limitación para la adquisición certera de las ideas, tanto de las cosas exteriores, como la concepción del alma misma (que es siempre confusa o incompleta): las afecciones que el cuerpo recibe envuelve la idea que se adquiere sobre él mismo. Es en este punto donde Espinoza reconoce el problema del presentismo que la imaginación envuelve de los cuerpo exteriores al propio, ya que al envolver la idea de dichos cuerpos mediante la limitada concepción que las afecciones brinda al alma, se puede adquirir la inadecuada idea de la existencia del mismo. En cierto sentido, el cuerpo del humano es incapaz de adquirir la certeza formal de los cuerpos del mundo circundante al mismo (lo existente en acto, le llama), en cuanto que “las ideas que tenemos de los cuerpos exteriores indican más bien el estado de nuestro propio cuerpo que la naturaleza de los cuerpos exteriores.” Se refuta la idea de la idea de Dios como la única certeza, y por la cual, cual legado como crítica del cartesianismo, Espinoza comienza su Ética por medio de este eje. El alma humana, a pesar de confirmar la existencia de Dios habitante en mí, es incapacitada de envolver el conocimiento adecuado, no sólo de los cuerpos exteriores, sino de las partes que hace de nuestro cuerpo un todo. A estas malas fundaciones que las afecciones confieren del cuerpo en el alma humana, pueden dar a la imaginación únicamente “ideas confusas”. Por lo cual, la idea del “hombre” que el cuerpo confecciona en la opinión, la razón y la ciencia intuitiva (escolio II de la proposición 40, 2ª parte), expresa la afección menor o mayor que acaece en el cuerpo (en el yo extenso-cogito causal, que Espinoza es incapaz de concebirlos como paralelos e independientes). Los criterios de negación o aceptación, entonces, se dan en el hombre (voluntad y entendimiento) debido a las afecciones del cuerpo que el alma concibe. Basados en este inadecuado envolvimiento afectivo de la idea de las cosas exteriores y de las cosas singulares existentes en acto, llevan al hombre a crear consensos generales sobre ellas, categorizando de bueno o malo dichas presencias imaginarias. Concebir una categoría absoluta de la existencia de los cuerpos que afectan al propio, a pesar de ser generalizada, es siempre una idea incompleta y jamás puede ser certera. Este es el problema cartesiano de “los sentidos engañan”, solamente que llevado a un extremo racional crítico sobre los fundamentos de la existencia material que el cuerpo llega a formar en la mente (cerebro, glándula pineal: alma) del humano Es por ello que la idea de Dios que el alma es capaz de formarse es el único conocimiento adecuado, por ser producto de la esencia eterna e infinita de Dios; así como sucede con la existencia de las cosas singulares en acto, puesto que la no-voluntad de Dios es el orden del movimiento natural de los cuerpos, por lo cual el cuerpo mismo posee una naturaleza singular de sí (ego-racionalismo). Pero, de sí misma, jamás se llega a un conocimiento absoluto, en cuanto es el cuerpo el único filtro de “conocimiento” que el alma recibe de su misma existencia. Por este hecho “pertenece a la naturaleza de la razón considerar las cosas no como contingentes o posibles, sino como necesarios”, que es al entendimiento al que Espinoza apela como natural al hombre ético, siendo la utilidad en la vida social el medio que ve en los demás humanos dado el gobierno de la razón en uno mismo. El problema que no se declara con soltura por Espinoza recae en la duplicación envolvente de nuestra afección del cuerpo de otro hombre, que lleva al alto grado de la utilidad en la sociedad común y generalizada (conciudadanos), creando bases generales de comportamiento mutuo para el “libre” desenvolvimiento de su cuerpo en relación a los demás. Sin embargo, Espinoza reconoce en el concepto de la “fortuna” la incapacidad de nuestro poder sobre la relación de las cosas que se siguen de la naturaleza de la nuestra; por ello, la duplicación o repetición de nuestra naturaleza en el otro. No sigue el movimiento divino de la naturaleza, sino que sienta las bases utilitarias para que el humano busque fines al beneficio de la voluntad (“algo general que se une a todas las ideas y significa solamente lo que es común a todas”), la virtud y la servidumbre. Esto funge seres genéricos, iguales entre sí por aislamiento de la colectividad dirigida en forma coactiva, por medio de la sociedad total que es impulsada (el choque y permanencia de los cuerpos, ley natural), que reduce la concepción del sí en la generalidad del ser maniqueo del hombre social. Únicamente una constante presencia de espíritu (imaginario) arranca a la existencia de la naturaleza, y el orden no-voluntario (a disposición de Dios) de la movilidad de los cuerpos y las almas.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.