lunes, 8 de mayo de 2017

Texto 6º: René Descartes – Meditaciones metafísicas (I – III)



Para comprender la intención de Descartes en este texto resulta de suma importancia la lectura de la carta a los teólogos, decanos y doctos de la Sagrada Facultad de Teología de Paris, la Sorbona (la autorización y aval de dichas especulaciones teóricas), ya que en esta se define la necesidad racional por brindar una explicación a la existencia de Dios y la distinción de lo que constituye al espíritu humano. Esta es una exigencia de la inteligencia viva que la filosofía puede ser útil para llegar a conclusiones posibles de dichas meditaciones. La labor que a la que se dedica es la de clarificar dichas cuestiones mediante la reflexión filosófica. El hecho de realizar sus meditaciones en primera persona corresponde a esa exposición de un pensamiento que se renueva en la ejecución reflexiva: “porque entonces yo no conocía nada de lo que pertenecía a mi esencia; solo sabía que yo era una cosa que piensa.” (Descartes, 1644, pág. 56)
En realidad, desde el prefacio al lector, Descartes quiere hace clara la distinción de que su yo es en realidad el espíritu inserto en su entendimiento, pero más que dejar una conclusión certera, libertar al espíritu mediante la naturaleza intelectual. Lo que pone en duda constantemente son las cosas que nuestros sentidos entregan aparentemente a nuestro entendimiento, y que llegar a una verdadera percepción sobre las mismas resulta en realidad una aporía que se salva mediante la comprensión de la existencia de Dios. Es por ello que hacer una relación entre el vilo y el sueño no resulta tan alejada para Descartes, por cuanto estas producciones imaginativas del espíritu deben ser dudas y reconocidas como el engaño más posible: “las imágenes de las cosas que residen en nuestro pensamiento.” (Descartes, 1644, pág. 63) No obstante, para ello hace ver que son las ideas de las cosas las que permanecen en el entendimiento como lo más posible a poner en duda, que resultan insuficientes siempre de llamarlas como algo cierto y seguro, o sea, todo en el mundo resulta como incierto. Esto quiere decir que existen dos tipos de ideas: las humanas y las divinas. Las segundas deben son causa directa de las primeras, y es en esto a lo que Descartes entiende la existencia de Dios, único reconocimiento que es capaz de orientar o conducir al conocimiento de la verdad, la única manera de meditar para poder conocer.
Las ideas son producciones ficticias del espíritu, pero estas puede ser significadas en plena conciencia de que es el acto de Dios residiendo en estas las que potencian el entendimiento humano. Esto refiere al pensamiento de Descartes a algunas distinciones aristotélicas sobre las causas eficientes y la substancia o causa formal que constituye la certeza esencial en las cosas mismas, en plena conciencia de la finitud de estas o de los accidentes que pueden presentarse en ellas (el ejemplo de la cera resulta muy ilustrativo en este caso). Es más, resulta curioso pensar que Descartes no concibe al cuerpo humano como certeza, a lo que le parece mucho más certero (en su duda) el llamarse “cosa que duda” que es capaz de contemplar la figura o la imagen de una cosa corporal. Para él en los juicios se encuentra la verdad y formal falsedad, en las ideas se encuentra cierta falsedad material cuando se representan lo que es como si fuera algo o cosa alguna.
Son estas relaciones las que hacen caer, de manera completamente objetiva, que es imposible concebir al humano como autor de sí mismo y de los modos de pensar (entendimiento del espíritu) debido a los modos de substancia contenidas en éste. La idea divina posibilita la idea humana, pero siempre como parcialidad de la primera, y sin esta concepción objetiva jamás se podrá orientar lo mejor posible el entendimiento hacia la única certeza existente, que es la perfección de Dios formal o eminentemente a lo que este entendimiento contiene más realidad objetiva que ninguna otra. De manera metafórica Descartes dice lo siguiente sobre lo que debería ser una meditación metafísica: “No debe extrañarnos de que Dios al crearnos, haya puesto en nosotros esa idea para que sea como el signo del obrero impreso en su obra. […] La fe nos enseña que la soberna felicidad de la otra vida, consiste en esa contemplación de la majestad divina.” (Descartes, 1644, pág. 81) Tomando estas consideraciones podría llegar a pensar que el hombre potencia su espíritu mediante el entendimiento orientado metafísicamente, y es Dios el único acto real y certero de su existencia.

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