Para
comprender la intención de Descartes en este texto resulta de suma importancia
la lectura de la carta a los teólogos, decanos y doctos de la Sagrada Facultad
de Teología de Paris, la Sorbona (la autorización y aval de dichas
especulaciones teóricas), ya que en esta se define la necesidad racional por
brindar una explicación a la existencia de Dios y la distinción de lo que
constituye al espíritu humano. Esta es una exigencia de la inteligencia viva
que la filosofía puede ser útil para llegar a conclusiones posibles de dichas
meditaciones. La labor que a la que se dedica es la de clarificar dichas
cuestiones mediante la reflexión filosófica. El hecho de realizar sus
meditaciones en primera persona corresponde a esa exposición de un pensamiento
que se renueva en la ejecución reflexiva: “porque entonces yo no conocía nada
de lo que pertenecía a mi esencia; solo sabía que yo era una cosa que piensa.” (Descartes, 1644, pág. 56)
En
realidad, desde el prefacio al lector, Descartes quiere hace clara la
distinción de que su yo es en realidad el espíritu inserto en su entendimiento,
pero más que dejar una conclusión certera, libertar al espíritu mediante la
naturaleza intelectual. Lo que pone en duda constantemente son las cosas que
nuestros sentidos entregan aparentemente a nuestro entendimiento, y que llegar
a una verdadera percepción sobre las mismas resulta en realidad una aporía que
se salva mediante la comprensión de la existencia de Dios. Es por ello que
hacer una relación entre el vilo y el sueño no resulta tan alejada para
Descartes, por cuanto estas producciones imaginativas del espíritu deben ser
dudas y reconocidas como el engaño más posible: “las imágenes de las cosas que
residen en nuestro pensamiento.” (Descartes, 1644, pág. 63) No obstante, para
ello hace ver que son las ideas de
las cosas las que permanecen en el entendimiento como lo más posible a poner en
duda, que resultan insuficientes siempre de llamarlas como algo cierto y seguro,
o sea, todo en el mundo resulta como incierto. Esto quiere decir que existen
dos tipos de ideas: las humanas y las divinas. Las segundas deben son causa
directa de las primeras, y es en esto a lo que Descartes entiende la existencia
de Dios, único reconocimiento que es capaz de orientar o conducir al
conocimiento de la verdad, la única manera de meditar para poder conocer.
Las
ideas son producciones ficticias del espíritu, pero estas puede ser
significadas en plena conciencia de que es el acto de Dios residiendo en estas
las que potencian el entendimiento humano. Esto refiere al pensamiento de
Descartes a algunas distinciones aristotélicas sobre las causas eficientes y la
substancia o causa formal que constituye la certeza esencial en las cosas
mismas, en plena conciencia de la finitud de estas o de los accidentes que
pueden presentarse en ellas (el ejemplo de la cera resulta muy ilustrativo en
este caso). Es más, resulta curioso pensar que Descartes no concibe al cuerpo
humano como certeza, a lo que le parece mucho más certero (en su duda) el
llamarse “cosa que duda” que es capaz de contemplar la figura o la imagen de
una cosa corporal. Para él en los juicios se encuentra la verdad y formal
falsedad, en las ideas se encuentra cierta falsedad material cuando se
representan lo que es como si fuera algo o cosa alguna.
Son
estas relaciones las que hacen caer, de manera completamente objetiva, que es
imposible concebir al humano como autor de sí mismo y de los modos de pensar
(entendimiento del espíritu) debido a los modos de substancia contenidas en
éste. La idea divina posibilita la idea humana, pero siempre como parcialidad
de la primera, y sin esta concepción objetiva jamás se podrá orientar lo mejor
posible el entendimiento hacia la única certeza existente, que es la perfección de Dios formal o eminentemente a
lo que este entendimiento contiene más realidad objetiva que ninguna otra. De
manera metafórica Descartes dice lo siguiente sobre lo que debería ser una
meditación metafísica: “No debe extrañarnos de que Dios al crearnos, haya
puesto en nosotros esa idea para que sea como el signo del obrero impreso en su
obra. […] La fe nos enseña que la soberna felicidad de la otra vida, consiste
en esa contemplación de la majestad divina.” (Descartes, 1644, pág. 81) Tomando estas
consideraciones podría llegar a pensar que el hombre potencia su espíritu
mediante el entendimiento orientado metafísicamente, y es Dios el único acto
real y certero de su existencia.
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