lunes, 8 de mayo de 2017

Texto 7º: Baruch Espinosa – Ética demostrada según el orden geométrico (1ª parte) Despedida a la reducción



Llegar a la conclusión de que el pensamiento espinosiano es propio de un excéntrico, ese desfasado al espíritu de su época. Parece imprescindible hacer mención de la herencia e influencia directa cartesiana que Baruch continua, en cierto “modo”. No obstante, pareciese que la empresa de dar forma a un tratado lógico-filosófico que de noticia de la complejidad trascendental y relacional humana, ya habla de su personalidad desbordante. La extensión del trabajo, desde este punto, supera las pretensiones con el cual Descarte empieza la fundación conceptual y orientación ideal de la onto-teología Occidental-Moderna (XVI-XVII). Quizá, con Espinosa, nos topamos con dialogante de este pensamiento emergente, e impulsado a fuerza de “certeza” aquella herencia patrística-platónica.
En efecto, sí somete a la razón –de sus contemporáneas, y se extiende a la de nosotros, hoy día– a un riguroso examen: “Os ruego consideréis en qué ha parado el asunto”, nos inquiere. Y sin profundizar en la biografía de nuestro personaje, ya se sabe de su judaísmo poco ortodoxo y su relación confortativa con el germen liberal del cristianismo. Lo que si ha de reconocerse, es que en la idea de Dios que Baruch fundamenta, existe una intención interpelante sobre la actualidad filosófica, teológica, “científica” a lo imperante de su contexto inmediato de experiencia. Con atrevimiento, también podría hablarse de un Dios otro, pero que siempre es el mismo. En realidad, sin Dios (como la Idea única y potenciadora de la esencia) es imposible continuar la movilidad y formalidad del eje de la existencia humana, del mundo y sus cosas, y del universo extendido en su totalidad material. Con ello resulta de suma importancia resaltar el carácter vinculante –en comparación a sus coetáneos– que Espinosa ve en que Dios también puede ser <res extensa>, y que resulta “absurdo” apremiarlo de esta categoría debido a su naturaleza intrínseca en la materia.
No se desengancha de la necesidad causal, que es la formal aristotélica, de reconocer en Dios a la naturaleza misma del universo material. Pero lo que da su gracia al pensamiento espinosiano es sin duda el estilo tratadista con el que se expresa, con un nivel de ironía esencialmente formal y con un diáfano nominalismo ipso-descriptivo. Desde el título pasando, y hay que decirlo con cierto orden, por las definiciones fundacionales del texto (con respectivas explicaciones), su nada trastocados axiomas, hasta llegar a la sección de proposiciones (incluyendo diferentes maneras para refutar lo anterior [Q.E.D] demostraciones, corolarios, escolios…), y desembocar al apéndice transitivo hacia la próxima parte.
Es mediante esta metodología descriptiva del retorno hacia “lo dicho” donde el Axioma VI, de la 1ª parte, procede al andamiaje del eje metafísico y material que es Dios: “Una idea verdadera debe ser conforme a lo ideado por ella.” [Cursiva mía] (Espinosa, 1980, pág. 31) Con esto no se limita al ego-racionalismo cartesiano de la duda metódica, es decir, la esencia (substancia, Dios en las cosas) de todo lo que puede concebirse como no existente no implica la existencia, sino es posibilitada como un modo u “atributo” de Dios para con el orden natural del pensamiento humano. Aquí puede encontrarse la novedad del pensamiento espinosiano, en cuanto que del necesario infinito divino en la naturaleza de las cosas, también existen infinidad de “modos” posibles, únicamente abarcables por un “entendimiento” infinito.
Con esto hilamos que Dios es causa primera, motriz y para nada accidental de todas las cosas. Llegar a concebir no es posible si por necesidad y absoluta naturaleza, es Dios lo que ha potenciado la infinitud de dicho atributo que, o bien es tomada cual idea substancial y formal de manera inmediata, o se da al entendimiento a través de alguna “modificación” u “afección” que se sigue de su naturaleza absoluta. Por eso, cuando dice (Proposición XXIV) que “[l]a esencia de las cosas producidas por Dios no implica la existencia”, es cuando la cuestión se torna peliaguda con su <jerarquía de los modos>.
Esto es, antes de ser… ya lo era, pero únicamente en Dios comienza su existencia, en cuanto que las cosas dependen naturalmente desde su esencia de él. Con lo anterior, para llegar a la conjetura de que la naturaleza de Dios, en su infinidad de modos y atributos, no cumplen con fin alguno prefijado y, en sus palabras, “que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas, no harán falta muchas palabras.” (Espinosa, 1980, pág. 65) Esto trasluce su repugnancia hacia el antropomorfismo religioso y se despide de la causa final aristotélica. El prematuro cuestionamiento al “pre-juicio” onto-teológico cartesiano, sucede en función de la causa de sostenibilidad de dicho fundamento, y que es a lo que argumenta Espinosa con cierto desenfado. Es decir, que el concepto de la “voluntad” y el “libre albedrio” del que se agarra Descartes queda desengañado en la idea de Dios que Espinosa propone, en cuanto que este carece de dicha ficción humana por ser y obrar en función de la sola necesidad de su naturaleza. Todas las cosas y modos de esencia y existencia dependen de dicha no-voluntad de Dios, mejor aún, en su naturaleza y necesidad potencial y posibilitante.
El hombre posee el apetito y conciencia idónea para buscar dicha causalidad, necesitada de una re-orientación de la naturaleza mental y formal (en vista de la finalidad humana y la metafísica religiosa), sin ser reducida a una simple “representación cerebral”: la primera autentica llamada a la conciencia, en la historia de la filosofía, a mi parecer, es la de Espinosa. En todo caso, la reducción es la ignorancia: <asilo a la ignorancia>, la voluntad de Dios; la crítica contra los teólogos que alcanzaría también a Descartes, se mencionó.  Es un tras-metafísico (porque no me atrevo a utilizar el prefijo “anti”) que denuncia la humana utilidad de los medios fabricados para la idoneidad del interés privativo, y para nada trascendental o universal. “Y así, este prejuicio se ha trocado en superstición, echando profundas raíces en las almas, lo que ha sido causa de que todos hayan esforzado al máximo por entender y explicar las causas finales de todas las cosas.” (Espinosa, 1980, pág. 64) Es en este punto donde “el orden geométrico” y la Matemática entran a versar sobre la esencia y propiedades formales del, siguiendo el ejemplo clásico, triangulo: la Idea en sí misma. En este sentido resulta irónica la intención antrópica de insertar lo metafísico al lenguaje matemático, para desmantelar los ideales imperantes y “absurdos”, como los considera.  Y, de igual manera, es ahí donde la pregunta por el maniqueísmo religioso-metafísico se difumina de su sentido clásico-escolástico: apertura la argumentación de los milagros como “sabio” y nunca como “necio”, aunque sea considerado “hereje” o “impío”.

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