A pesar de que Descartes tuvo gran influencia en toda la filosofía posterior a él, no cabe duda de que también es uno de los autores más debatidos y contrariados de la modernidad filosófica. Esto se debe a que su concepto de dualidad no es muy convincente, pues deja fuera muchas cosas que escapan a la mera racionalidad. Por otra parte, su escueta salida al momento de fundamentar la existencia de Dios (al afirmar que alguien ha puesto en nosotros tal idea) parece poco convincente. Por eso la idea de dualidad es confrontada por Spinoza y por Leibniz con sus teorías monistas.
En la Monadología Leibniz realiza una teoría metafísica basándose en los estudios de los atomistas griegos, la diferencia radica en que para Leibniz la materia es divisible en sí misma, mientras que las mónadas se mueven en un plano completamente metafísico y son indivisibles. Sin embargo, estas no están sujetas a un libre albedrío, más bien están condicionadas por algo que Leibniz llama la armonía prestablecida, creada por la mónada infinita (Dios) para lograr una coherencia en la realidad que nos rodea. Es por eso que afirma que este es el mejor de los mundos posibles, pues de todas las combinaciones de mónadas que pudiesen haber existido, se ha elegido esta combinación, precisa, exacta. Esta afirmación parece encuadrar definitivamente la postura de Leibniz dentro de un optimismo bastante radical. Sin embargo, a mí me parece bastante pesimista, si se intuye que Leibniz no era indiferente a tanta maldad e indiferencia en el mundo (tanta maldad como se pudiese concebir en el siglo XVIII, pero que no deja de ser maldad según la episteme de su época) su afirmación se torna bastante fatalista, pues incluso en el mejor de los mundos posibles existe maldad e indiferencia.
Las monadas también se caracterizan por poseer percepción, apercepción y apetición. La percepción es la manera en que las mónadas se representan en lo extenso, mientras que la apercepción es el estar consciente de esa percepción. La apetición es el cambio que hace cada mónada de una percepción a otra. Debido a estas definiciones se plantean cuatro tipos de mónadas: Las primeras corresponden a los seres inertes, los cuales poseen percepciones, pero estas son muy difusas y tienden a parecer en reposo, similar al estado de quien duerme. El segundo tipo de mónadas son las que contienen percepción, pero que durante el proceso de apetición dejan rastros de la anterior percepción, como quien deja huellas en la arena del mar, gracias a este tipo de mónadas se puede acceder a la memoria y realizar análisis lógicos, también nos ayuda a remitirnos a la experiencia. La tercera clase de mónadas son las que poseen el carácter aperceptivo, es decir, que poseen conocimiento de su percepción, estas son en general relacionadas al alma y el espíritu. El cuarto tipo de mónada es la mónada infinita, la de Dios.
A pesar de que todo está supeditado a las mónadas y a pesar de la indivisibilidad e imposibilidad que cada una de ellas tiene para afectar al resto, no puede dejar de explicarse la relación entre alma y cuerpo. La relación entre alma y cuerpo abandona las respuestas racionales propuestas por Descartes, incluso abandona la idea propuesta por Spinoza de que ambas perspectivas de la realidad (lo racional y lo extenso) son solamente diferentes expresiones de lo mismo. Para Leibniz la armonía prestablecida creada por la mónada infinita facilita la correspondencia de las percepciones de la mónada dominante, que en el caso del ser humano sería el espíritu, con las percepciones de las demás mónadas que componen el aspecto material del ser humano.
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