Llegar
a la conclusión de que el pensamiento espinosiano es propio de un excéntrico,
ese desfasado al espíritu de su época. Parece imprescindible hacer mención de
la herencia e influencia directa cartesiana que Baruch continua, en cierto
“modo”. No obstante, pareciese que la empresa de dar forma a un tratado
lógico-filosófico que de noticia de la complejidad trascendental y relacional
humana, ya habla de su personalidad desbordante. La extensión del trabajo,
desde este punto, supera las pretensiones con el cual Descarte empieza la
fundación conceptual y orientación ideal de la onto-teología Occidental-Moderna
(XVI-XVII). Quizá, con Espinosa, nos topamos con dialogante de este pensamiento
emergente, e impulsado a fuerza de “certeza” aquella herencia patrística-platónica.
En
efecto, sí somete a la razón –de sus contemporáneas, y se extiende a la de
nosotros, hoy día– a un riguroso examen: “Os ruego consideréis en qué ha parado
el asunto”, nos inquiere. Y sin profundizar en la biografía de nuestro
personaje, ya se sabe de su judaísmo poco ortodoxo y su relación confortativa
con el germen liberal del cristianismo. Lo que si ha de reconocerse, es que en
la idea de Dios que Baruch fundamenta, existe una intención interpelante sobre
la actualidad filosófica, teológica, “científica” a lo imperante de su contexto
inmediato de experiencia. Con atrevimiento, también podría hablarse de un Dios otro, pero que siempre es el mismo. En realidad, sin Dios (como la
Idea única y potenciadora de la esencia) es imposible continuar la movilidad y
formalidad del eje de la existencia humana, del mundo y sus cosas, y del
universo extendido en su totalidad material. Con ello resulta de suma
importancia resaltar el carácter vinculante –en comparación a sus coetáneos–
que Espinosa ve en que Dios también puede ser <res extensa>, y que
resulta “absurdo” apremiarlo de esta categoría debido a su naturaleza
intrínseca en la materia.
No
se desengancha de la necesidad causal, que es la formal aristotélica, de reconocer en Dios a la naturaleza misma del
universo material. Pero lo que da su
gracia al pensamiento espinosiano es sin duda el estilo tratadista con el que
se expresa, con un nivel de ironía esencialmente formal y con un diáfano nominalismo
ipso-descriptivo. Desde el título pasando, y hay que decirlo con cierto orden,
por las definiciones fundacionales del texto (con respectivas explicaciones),
su nada trastocados axiomas, hasta llegar a la sección de proposiciones
(incluyendo diferentes maneras para refutar lo anterior [Q.E.D] demostraciones,
corolarios, escolios…), y desembocar al apéndice transitivo hacia la próxima
parte.
Es
mediante esta metodología descriptiva del retorno hacia “lo dicho” donde el
Axioma VI, de la 1ª parte, procede al andamiaje del eje metafísico y material
que es Dios: “Una idea verdadera debe
ser conforme a lo ideado por ella.” [Cursiva mía] (Espinosa, 1980, pág. 31) Con esto no se
limita al ego-racionalismo cartesiano de la duda metódica, es decir, la esencia
(substancia, Dios en las cosas) de todo lo que puede concebirse como no
existente no implica la existencia, sino es posibilitada como un modo u “atributo”
de Dios para con el orden natural del pensamiento humano. Aquí puede encontrarse
la novedad del pensamiento espinosiano, en cuanto que del necesario infinito
divino en la naturaleza de las cosas, también existen infinidad de “modos”
posibles, únicamente abarcables por un “entendimiento” infinito.
Con
esto hilamos que Dios es causa primera, motriz y para nada accidental de todas
las cosas. Llegar a concebir no es posible si por necesidad y absoluta
naturaleza, es Dios lo que ha potenciado la infinitud de dicho atributo que, o
bien es tomada cual idea substancial y formal de manera inmediata, o se da al
entendimiento a través de alguna “modificación” u “afección” que se sigue de su
naturaleza absoluta. Por eso, cuando dice (Proposición XXIV) que “[l]a esencia
de las cosas producidas por Dios no implica la existencia”, es cuando la
cuestión se torna peliaguda con su <jerarquía de los modos>.
Esto
es, antes de ser… ya lo era, pero únicamente en Dios comienza su
existencia, en cuanto que las cosas dependen naturalmente desde su esencia de
él. Con lo anterior, para llegar a la conjetura de que la naturaleza de Dios,
en su infinidad de modos y atributos, no cumplen con fin alguno prefijado y, en
sus palabras, “que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas, no harán falta muchas
palabras.” (Espinosa, 1980, pág. 65) Esto trasluce su
repugnancia hacia el antropomorfismo religioso y se despide de la causa final
aristotélica. El prematuro cuestionamiento al “pre-juicio” onto-teológico
cartesiano, sucede en función de la causa de sostenibilidad de dicho
fundamento, y que es a lo que argumenta Espinosa con cierto desenfado. Es
decir, que el concepto de la “voluntad” y el “libre albedrio” del que se agarra
Descartes queda desengañado en la idea de Dios que Espinosa propone, en cuanto
que este carece de dicha ficción humana por ser y obrar en función de la sola
necesidad de su naturaleza. Todas las cosas y modos de esencia y existencia
dependen de dicha no-voluntad de Dios, mejor aún, en su naturaleza y necesidad
potencial y posibilitante.
El
hombre posee el apetito y conciencia idónea para buscar dicha causalidad,
necesitada de una re-orientación de la naturaleza mental y formal (en vista de
la finalidad humana y la metafísica religiosa), sin ser reducida a una simple
“representación cerebral”: la primera autentica llamada a la conciencia, en la historia de la filosofía, a mi
parecer, es la de Espinosa. En todo caso, la reducción es la ignorancia: <asilo a la
ignorancia>, la voluntad de Dios; la crítica contra los teólogos que alcanzaría
también a Descartes, se mencionó. Es un tras-metafísico
(porque no me atrevo a utilizar el prefijo “anti”) que denuncia la humana
utilidad de los medios fabricados para la idoneidad del interés privativo, y
para nada trascendental o universal. “Y así, este prejuicio se ha trocado en superstición, echando profundas raíces
en las almas, lo que ha sido causa de que todos hayan esforzado al máximo por
entender y explicar las causas finales de todas las cosas.” (Espinosa,
1980, pág. 64)
Es en este punto donde “el orden
geométrico” y la Matemática entran a versar sobre la esencia y propiedades
formales del, siguiendo el ejemplo clásico, triangulo:
la Idea en sí misma. En este sentido resulta irónica la intención antrópica de insertar
lo metafísico al lenguaje matemático, para desmantelar los ideales imperantes y
“absurdos”, como los considera. Y, de
igual manera, es ahí donde la pregunta por el maniqueísmo religioso-metafísico
se difumina de su sentido clásico-escolástico: apertura la argumentación de los
milagros como “sabio” y nunca como “necio”, aunque sea considerado “hereje” o
“impío”.