lunes, 1 de mayo de 2017

Meditaciones Metafísicas – Texto 7


Si todo es dudable, no hay punto de certeza para tomar como parámetro. Para René Descartes, como para muchos otros pensadores, mucho de lo que creemos es pura convención social, pura ciega confianza, o inocente seguimiento de la norma que nos rodea. Dudar acerca de esto no está mal, especialmente cuando lo sentidos no pueden lograr comprobarlo todo. Para Descartes, la duda metódica ocupa un espacio que pretende encontrar veracidad o disminuir la falsedad en lo que se cree conocer. Lo particular aquí pierde importancia puesto que no podemos intentar comprobar todo, esta tarea es ambiciosa e imposible.
Al intentar distinguir entre estar dormido o despierto, debemos contemplar por un lado que la duda sólo tiene sentido en cuanto estamos despiertos, puesto que cuando dormimos esta no es una preocupación. Por otro lado, la preocupación en el sueño se desvanece en cuanto la memoria cobra su cuota de importancia, pues la memoria está vigente en cuanto va acumulado ideas y en un sueño no podemos recordar, así es como podemos distinguir estar dormidos de estar despiertos.
El genio maligno no es desconfianza en uno mismo, sino desconfianza en las decisiones que tomamos, en lo que aceptamos como verdadero o no. Si somos entendimiento y razón, nada es más fácil que conocer que el espíritu porque este permanece aunque este ciego, o sordo, o no tenga manos o pies. No dejamos de existir solo porque nos falta algo en el cuerpo, es el espíritu el que lleva la batuta de nuestra existencia y por ello no se puede dudar de la misma. Si partimos del presupuesto que dice: Ser es pensar, entendemos que estar conscientes nos da existencia, nos da razón de la condición en la que estamos y en la que quisiéramos o podríamos estar. En realidad somos producto de lo que experimentamos, estas vivencias nos hacen conscientes de que razonamos y por lo tanto existimos.
La idea de Dios es bastante económica para Descartes, al partir de la perfección de Dios y de cómo Él todo lo hace perfecto, nos guía a tratar de ver que Dios no puede ser malo o no puede engañarnos porque por concepto eso no es Dios. Al reconocer que Dios nos proporciona también libre albedrio y voluntad, el ser humano goza de elecciones sobre lo que acepta como verdadero y lo que no acepta. Estas ideas de cierta forma se contraponen porque la existencia de Dios no es determinante para mi existencia, aún cuando Descartar ha colocado la idea de Dios como una idea que para el hombre no ha sido adquirida o adoptada sino es inherente, ya está instalada en nosotros. Desde Descartes si se siente real esa idea de que Dios ya viene en nosotros como una verdad indudable, así es como Descartes vivió, sin embargo esta idea no es necesariamente vigente para nosotros ahora.

Por otro lado tener más voluntad que entendimiento nos empuja a la inseguridad, pues buscamos certeza como equivalente a estabilidad. La duda sobre el conocer es una preocupación sobre nuestra existencia, es una preocupación sobre el mucho o poco poder que tenemos para legitimar ideas basadas en nuestra experiencia. Esta inseguridad pareciera ser parte de la naturaleza humana y nos hace cuestionar lo que somos y lo que podemos hacer. Por ello al pensar en el ser humano tendemos a distinguir el espíritu del cuerpo, con ello Descartes deja en un lugar bastante privilegiado el espíritu, pues es este el dotado de indivisibilidad y por lo tanto una permanencia más influyente y casi legitimadora que el cuerpo. Así es el espíritu la garantía de nuestra existencia y al mismo tiempo al herramienta para dudar y no la duda en sí.

1 comentario:

  1. Me llama la atención principalmente que se haya insertado el concepto de "voluntad", porque eso significa que la duda metódica de Descartes no responde a una curiosidad natural, sino que está apartada para aquellos que están dispuestos a cuestionarse. Sin embargo, si la idea de Dios está integrada a la existencia humana, y este Dios que se presenta es la infinitud y la voluntad máxima, se supone que todos deberían dudar. Como bien apunta Claudia, "Al reconocer que Dios nos proporciona también libre albedrio y voluntad, el ser humano goza de elecciones sobre lo que acepta como verdadero y lo que no acepta". Entiendo entonces que la voluntad es, en la época de Descartes, la fe. La fe que no es lo mismo que confianza ciega, porque hay que recordar también que los que poseían erudición sobre asuntos teológicos eran los que pertenecían al grupo privilegiado de clérigos (y no todos, pues solo los doctores tenían acceso a todos los documentos oficiales), y por lo tanto, esta voluntad inspirada por el conocimiento solo se alcanza por medio de la reflexión. Parece, en un principio, una contradicción. Todos poseemos a Dios, la idea, por la cual nos entendemos como finitos. Pero no todos podemos acceder a esa idea, o entendimiento de nuestra condición (como por ejemplo, los campesinos). Pero, al entrar en detalle, se reconoce que el raciocinio no se cultiva, sino que se trae. El observar, cuestionarse y extrañarse, son resultado de una fe, ciega para algunos, y profunda para otros. La pregunta principal, en este punto es, ¿cuál vale más?

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